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Palmira - Cali. 07.11.2015


La sobrepoblación del planeta: más de mil millones cada década, cien cada año, diez cada mes, uno cada pocos días, ha significado el crecimiento de todas las ciudades existentes en el mundo mas no nuevas ciudades, como es el caso de Brasilia, pero sí  la peligrosa destrucción de la naturaleza. Ante la imposibilidad de permanecer bucólicamente en el campo, desde hace una década más del 50% de los seres humanos ya viven en ciudades y pueblos, y cada vez más, y hoy casi el 80% de los colombianos y en el valle del río Cauca casi todos.

En muy poco tiempo Colombia se volvió un país urbano, pero generando por eso mismo –por lo muy rápido del proceso- violencia ciudadana e intrafamiliar, delincuencia común y finalmente comportamientos mafiosos propiciados por el narcotráfico. A lo que se suma la ausencia de urbanidad, el ruido ajeno y la falta de respeto por el derecho de los otros. Pero también la destrucción de las tradiciones sociales, urbano arquitectónicas y culturales, y un falso progreso y modernidad confundidos con el crecimiento económico y las modas ya pasadas de moda.

Pero la urbanización del país también ha significado más posibilidades para muchas más personas. Más y mejor información, y sobre todo más diversa y más amplia. Más medios para adquirir conocimientos, escolares y universitarios, tanto como espontáneos y ciudadanos al permitir que las personas colaboren entre sí como lo plantea el economista Edward Glaeser (El triunfo de las ciudades, 2011). Y muchas más libertades individuales, familiares, sociales y culturales, como la posibilidad de una democracia real en el futuro gracias todo lo anterior.

Por eso el triunfo Peñalosa en Bogotá, junto con la alta votación por Pardo, no es tanto contra del terco, corrupto y largo fracaso de la “izquierda” si no contra los oportunistas que creen que las ciudades se pueden orientar sin saber nada acerca de ellas. Sin conocimientos en lo urbano arquitectónico, como estudios, seminarios y lecturas; sin experiencias pertinentes en tanto vivencias, viajes de estudio y eventos gremiales; y sin experticia en lo urbano arquitectónico como la proporcionan cargos, encargos y relaciones profesionales acertadas.

Y por otro lado, lo comprueban todos los indicadores, la realidad es que la mejor calidad de vida urbana esta en las ciudades intermedias como Palmira por ejemplo. La existencia cotidiana es más segura, funcional, económica y confortable. Aunque menos emocionante, y de ahí la conveniencia de estar cerca de una gran ciudad. Pero para desgracia de Palmira Cali ya no es la de la Sinfónica, La Tertulia y el TEC de antes, pero aun así es mejor vividero que esos absurdos edificios de apartamentos y casitas igualitas en fila que pululan semi desocupados en el sur de esta larga ciudad hasta más allá de Jamundí.

Exceptuando un par de barrios semejantes a San Antonio que comparten muchas cosas con las ciudades intermedias. Como esos espacios creados por el hombre donde se dan actividades puramente urbanas, tales como comprar en la tienda de la esquina, cenar en los restaurantes del vecindario, recrearse en los pequeños parques de barrio y caminar por las calles. En ellas el artefacto urbano (edificios y espacio público) y los ciudadanos se influencian mutuamente. Urbanismo y arquitectura se vuelven así las dos caras de la misma ciudad y sus ciudadanos.

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