En muchas ciudades de la llamada desde el siglo XX Latinoamérica, sus ciudadanos reclaman, con toda la razón, más seguridad frente a la delincuencia, mejor transporte público, un tránsito de vehículos más ágil y, ocasionalmente, se ocupan de la defensa de sus características urbanas como sus avenidas, plazas y parques tradicionales, y de sus hitos arquitectónicos, como sus iglesias, palacios y barrios históricos; y de la naturaleza que las rodea: mares con sus playas, ríos, lagos, cerros y cordilleras. Pero en las que últimamente han crecido mucho y muy rápido, como es el caso de Cali, su urbanismo, arquitectura y paisajismo no es un asunto que les interese a sus muy nuevos habitantes. Se trata de inmigrantes que llegan a las grandes ciudades de pueblos pequeños o grandes de lo que era Iberoamérica, en los que casa, pueblo y campo eran un hábitat objeto de oficios tradicionales, parte de una cultura común...