Comienza por el de los electrodomésticos como licuadoras o aspiradoras, y la alarma del carro por supuesto; y sigue con el llamado ruido ajeno, el del aire acondicionado de los vecinos y sus ruidosas fiestas; el de los aviones y helicópteros que nos vuelan por encima para que nos sintamos cuidados, y por supuesto el de las calles, con sus muchas ambulancias con o sin heridos, las ruidosas motos, los carros y los pitos de los que no pueden vivir sin pitar; y para rematar, los parlantes de los vendedores de ruido en calles y “malls” y de dioses que no existen. Son los ruidos de esta ciudad: sonidos inarticulados, siempre desagradables para las personas normales, muy diferentes a las que ya se han acostumbrado al ruido o, peor, que lo han vuelto parte de su vida: “homo rugitus" esa mutación de los que tampoco ven la fealdad y niegan la realidad: la del ambiente de ruido de Cali, por ejemplo . ...