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Las turbulencias de la realidad. 10.08.2013

    El siglo XX, el siglo de Estados Unidos, puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura; y la curva casi horizontal del crecimiento de la población, que comenzó a subir hace dos siglos, ya es vertical. La de Colombia era en 1825 de 1.129.200 habitantes, según Hermes Tovar, y para 1905 ya eran 4.122.000, según Jorge Orlando Melo (Historia Económica de Colombia, 1987), y el miércoles pasado sumábamos 47.165.059 según el Reloj de población del DANE (http://www.dane.gov.co/reloj/reloj_animado.php), o sea cerca de 4.000.000 cada década en promedio; casi Medellín y Cali juntas, y esta ciudad, que en 1809 tenía 7.546 habitantes,  pasó a 13.000 a principios del siglo XX (Fabio Zambrano: Desarrollo urbano en Colombia, 1994), y hoy, contado su población flotante va para los 3.000.000

El hecho es que la población mundial se urbaniza y, como señala Eduardo Galeano (http://latinoamericana.org/2005/textos/castellano/Galeano.htm), los campesinos expulsados por la agricultura moderna se hacen ciudadanos. En América Latina hay campos vacíos y varias de las mayores ciudades del mundo, y las más injustas, dice. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, porvenir para los hijos; en las ciudades, la vida ocurre y llama. Pero hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta  y que nada es gratis. Situación que en el caso de Cali es mitigada por su clima benigno y con mínimas variaciones a lo largo del año: más o menos calor, más o menos lluvias; no hay inviernos helados y oscuros ni veranos agobiantes y eternos, que mucho compensan todo.
                                                                                                                                                                          Pero los dueños del mundo, como dice Galeano, lo usan como si fuera descartable: una mercancía efímera, que se agota como las imágenes de la televisión a poco de nacer y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. La sociedad de consumo es una trampa. Los que tienen la sartén por el mango simulan ignorarlo, pero la injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar sino una necesidad esencial pues no hay naturaleza capaz de alimentar tanta gente en el planeta. Hecho, también hay que agregar, que en los países pobres nos quieren ocultar con la ilusión de volvernos ricos (Esteban Piedrahita, El País, 28/07(2013) pese a que si todos consumiéramos como ricos seria la pobreza de todos, si no el eminente fin de la forma de vida actual, el que se ignora por apocalíptico.

     La cultura del consumo, agrega Galeano, lo es de lo efímero, al ritmo de la moda,  por la necesidad de vender. Las cosas se reemplazan por otras igualmente fugaces, pero permanece la inseguridad y el desempleado en potencia. Paradójicamente, los centros comerciales, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. “Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.” En Cali, reemplazan, poco a poco, la ciudad de todos por enclaves a los que no todos pueden entrar…ni comprar. Son su nueva imagen  junto con puentes viales, innecesarios si hubiera semáforos sincronizados, y puentes peatonales que los más necesitados no pueden subir y bajar. Y el regreso a la agricultura ya no es posible y menos cuando Estados Unidos termine por legalizar las drogas.

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