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El estadio. 09.03.2013


Olvidando que Cali está en una zona de alto riesgo sísmico, los más de 120 mil millones de pesos que se “invirtieron” en el Estadio Pascual Guerrero, aun sin terminar, no mejoraron su precaria seguridad. Por lo contrario hoy es más difícil evacuarlo por la sencilla razón de que las hileras de puestos están más juntas. Tampoco se aprovechó para solucionar el absurdo de que las escaleras de las tribunas terminan justo contra los soportes de la cubierta, ni que su ancho no sea apropiado. Ni se construyeron escaleras de emergencia desde la parte superior de las graderías, quedando todo el público supeditado a salir solo hacia la cancha misma, multiplicando el peligro de atropellos y caídas, pues las salidas a la calle, que ni siquiera están debidamente señalizadas, están peligrosamente cerradas con cerrojos y candados.
                                                                                                                                                                      Pero lo más grave es que se disminuyó considerablemente el área libre exterior, a la que llegarán los espectadores que logren desalojar el estadio, al ser ampliado el estadio hasta casi la mitad de las vías que pasan por sus costados. Y no sólo en caso de una emergencia sino al final de un espectáculo corriente, como pasa actualmente, no quedando más que dejar que invadan las calles vecinas con todos los inconvenientes que implica para sus habitantes. Ocupación ilegal de un espacio público, por lo demás, porque el proyecto de remodelación no contó con los permisos de una Curaduría Urbana, donde les habrían hecho estas y otras observaciones, ni con el concepto del Comité de Patrimonio del Municipio. Es decir, es otra costosísima obra pública hecha, con el dinero de los contribuyentes, a sus espaldas y de las normas y estándares existentes.
                                                                                                                                                                      Sin duda fue un despropósito no haber construido un nuevo estadio donde no comprometiera el tránsito de la ciudad ni la tranquilidad de los barrios vecinos, como ocurre ahora cada vez que este se usa, y más cerca de Palmira (que debería ser la “ciudad hermana” de Cali y no Miami), o sencillamente habría sido más económico adquirir el estadio sin uso del Deportivo Cali cerca al aeropuerto. La Universidad del Valle, propietaria del Pascual Guerrero, que poco se ha manifestado en todo este asunto, podría haberlo dedicado a su propio uso si no se hubiera trasladado a Meléndez, pero se le convirtió en una “papa caliente” igual que el hotel sin terminar de la Avenida Sexta. Ahora tendrá que hacer frente a los problemas legales que ocasionará esta “mega” equivocación.
                                                                                                                                                                      Al estadio hay que hacerle escaleras de emergencia, ampliar la circulación entre los puestos, correr las escalinatas para que no terminen contra la estructura y adquirir las casas vecinas para una gran explanada, debajo de la cual irían las vías actuales y nuevos estacionamientos (con los que se podría recuperar la inversión), bordeada de árboles altos que disminuyan el ruido que generan los espectáculos, y cuyo acceso estaría controlado. También serviría para su uso, en caso de desastre, por el vecino Hospital Universitario. No hacer nada es contentarse con el “descreste” muy discutible de la cubierta suspendida de esta trampa mortal, que poco cubre y cuya pronta vejes ya es evidente. Para no hablar de la bella Tribuna de Occidente (1953), del ingeniero Guillermo González Zuleta, patrimonio de Cali, la que dejaron torpemente encerrada.

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