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La ciudad como producto. 26.03.2016


        La enorme acumulación de capital de los grandes imperios coloniales europeos, en América, África y Asia necesitaba nuevos productos y la ciudad fue uno de ellos, requiriendo del derecho a la propiedad urbana, creado por la burguesía liberal a inicios del siglo XIX, y que generó el urbanismo (Manuel Herce, El negocio del territorio, 2013). Es decir, las reglas y planes para su más útil delimitación, diferenciando la calle, pública, del edificio, privado, necesaria para convertir las ciudades en un  producto mercantil, cuyo valor de cambio es base primordial del capitalismo desde el siglo XX.

Y la invención sucesiva de infraestructuras de servicios y transporte permitió extender este producto cada vez más lejos de los centros de las ciudades, creando nuevos intereses comerciales sobre el suelo agrícola al poder cambiar su uso al de suelo urbanizable, multiplicando su valor, aun en los casos en que no fuera lo recomendable para las ciudades. Todo esto apoyado en el dogma generalizado de que el acceso universal a los nuevos servicios lleva a la democratización de la sociedad, hoy ya irreversible por el halo de conquista social y de necesidad doméstica adquirido.

Además, el mito de la modernidad, junto con otros análogos, llevó al “maridaje” del poder y el capital y a permutar los “ciudadanos [en] consumidores” en frase de Olivierd Coutard (Herce, p. 48). Así, en menos de dos siglos, se conformó un nuevo modo de vida totalmente opuesto al anterior, y la urbanización de la sociedad llevó, en palabras de Éduard Laboulaye, a una “lucha para obtener la propiedad por el poder o el poder por la propiedad” (Herce, p. 38), justificada como fruto del trabajo, la libertad y la autonomía económica y sabe dios que más.

De otra parte, la sobrepoblación (1.000 millones en1800 a 7.000 en 2016) no fue acompañada de la construcción de vivienda, y mientras las tradicionales clases trabajadoras permanecieron en tugurios en los centros históricos, las nuevas invadieron las periferias. Después, el negocio de la financiación de las viviendas redujo sus áreas con el gancho de pasar de “proletario a propietario” (Herce, p. 51). Dualidad esta, de la propiedad privada del suelo con el derecho de todos a la vivienda, que tendría graves secuelas sociales y urbanas e incluso urbanísticas. 

Aunque las calles han existido casi desde el inicio de las ciudades, y su uso hasta hace poco no era sólo para la circulación de gentes y ganados sino también para comerciar y trabajar, la distinción entre espacio público y espacio privado también que es reciente. Y con el desarrollo de la construcción en el siglo XX aparecieron voladizos invadiendo su espacio aéreo, y edificios altos tapando visuales, brisas y el Sol. La artesanía de la construcción tradicional se olvidó y la arquitectura para los nuevos burgueses dejo de ser arte, y por tanto la ciudad igualmente.

Calles y plazas siempre fueron el espacio de todos, pero especialmente “del pobre” (Herce, p. 61) y están en el ideario colectivo de los ciudadanos como el lugar de las manifestaciones populares por el derecho a la ciudad. Pero sobre todo hay que destacar su papel de encuentro cotidiano y cohesión social, por lo que su tamaño, diseño, calidad, belleza y defensa son símbolos de una ciudad democrática y participativa, lo que es más difícil en las más grandes, donde solo se puede lograr por barrios o sectores: “ciudades dentro de la ciudad”.

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