Para muchas personas no será una sorpresa enterarse de que las ciudades más seguras del mundo estén vigiladas por televisión las 24 horas del día y controladas por una policía bien entrenada y debidamente dotada, cuyo número por cada cien mil habitantes suele estar entre los más altos; y no pocos aducirán, acertadamente, que en ellas las necesidades básicas de su población están satisfechas para casi todos y que sus desigualdades económicas, sociales y de género son mucho menores; pero son mucho menos los que entienden que la seguridad es también un asunto de cultura urbana: de civismo, de educación cívica, de formar y no sólo instruir; cultura propia de los urbanitas. Pero ya serán mucho menos los que entienden a fondo que la seguridad en las ciudades no solo tiene que ver con la delincuencia y el vandalismo sino también con que se pueda caminar con seguridad y sin tropiezos por sus zonas peatonales o circular rápido y ...