Desde la Biblioteca Real de Alejandría, fundada por los Ptolomeos en el siglo III antes de la Era Común (para no hablar de Cristo) el terrorismo ha sido un asunto urbano, sobre todo ahora que las armas son mucho más mortíferas y sus blancos más concurridos, como pasa en un estadio, o en su defecto más fáciles, como un teatro o la terraza de un café. Y no en cualquier ciudad sino en las que comportan un cierto significado especial en este mundo de ciudades y ya globalizado. Además su planificación y puesta en marcha desde luego se lleva a cabo en ellas y específicamente en ciertos sectores caracterizados por su población nutrida y variopinta de inmigrantes o sus hijos o sus nietos, ya nacionalizados. Sin embrago, como lo ha informado profusamente la prensa internacional y nacional, después de los atentados del 13 de noviembre algunas ciudades aumentaron las medidas de seguridad mientras que las que ya fueron objetivos del terrorismo están de nuevo especialmente alertas. El problema...